Máxima figura de las letras mexicanas.

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Su espíritu inquieto y su afán de saber más, la llevaron a enfrentarse con las ideas de México en el siglo XVII, que no veían bien que una mujer tuviera curiosidad intelectual e independencia de pensamiento. ¿De quién hablamos? Nada más y nada menos que de Juana Inés de Asbaje y Ramírez, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, máxima figura de las letras mexicanas.

Nació el 12 de noviembre de 1648 en San Miguel Nepantla. Niña prodigio. Aprendió a leer y escribir a escondidas a los tres años en la biblioteca de su abuelo Pedro Ramírez en la hacienda Panoaya. A los siete pedía que la enviaran a estudiar a la universidad y a los ocho escribió su primera loa. En 1656, tras morir su abuelo, su madre la envió a la capital a vivir a casa de su hermana. Admirada por su talento, a los catorce fue dama de honor de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo, donde brilló por su inteligencia y erudición.

A pesar de su escasa vocación religiosa, sor Juana Inés de la cruz prefirió el convento al matrimonio para poder estudiar. «Vivir sola… no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros», escribió. En 1667 entró al convento de las carmelitas descalzas de México y permaneció en él cuatro meses. Dos años más tarde entró en el convento de la Orden de San Jerónimo, esta vez definitivamente.

Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, incluso en ella llevó a cabo experimentos científicos. Reunió una biblioteca de más de 4 mil volúmenes, instrumentos musicales, mapas y aparatos de medición. Tuvo conocimientos profundos en astronomía, matemáticas, lengua, filosofía, mitología, historia, teología, música, pintura y cocina, por citar solamente algunas de sus disciplinas favoritas.

Un texto escrito en 1690 por el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, aunque reconocía su talento, le recomendaba que se dedicara a una vida más acorde con su condición de monja y mujer, antes que a la reflexión teológica, ejercicio supuestamente reservado para los hombres. En su carta “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” Sor Juana defendió el derecho de las mujeres al aprendizaje, pues el conocimiento «no sólo les es lícito, sino muy provechoso». La crítica del obispo de Puebla la afectó profundamente; tanto que, poco después, vendió su biblioteca y todo cuanto poseía

Murió mientras ayudaba a sus compañeras enfermas durante la epidemia de cólera que asoló México en 1695.

Sor Juana Inés de la Cruz #HizoHistoria.

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